El Derecho Fundamental de Elegir



Elegir a nuestros gobernantes es un derecho fundamental, es decir, un valor esencial para la organización y convivencia social. A través de su ejercicio los ciudadanos participan en la vida política, configuran el gobierno y determinan quiénes deberán ocupar los principales cargos públicos. Este derecho, reconocido no solo por nuestra Constitución sino por numerosos instrumentos internacionales en materia de Derechos Humanos, solo tiene aplicación real si a su turno se dan, entre otros, dos prerrequisitos esenciales: pluralidad y tolerancia.

Y es precisamente la ausencia de tolerancia lo que ha hecho que en estas elecciones el país no solo se haya polarizado, sino que el enfrentamiento haya adquirido un alto nivel de violencia verbal, que fácilmente puede derivar en la otra violencia. El principio de la tolerancia es la base de la libertad política porque permite la convivencia de posiciones democráticas opuestas en la sociedad (pluralismo), incluso aquellas que nos pueden parecer reprobables. La tolerancia implica que renunciemos a prohibir mediante la violencia lo que consideramos como “malo” o “equivocado”, pues en democracia se reconoce que esta actitud puede acarrear un mal aún mayor para la sociedad.

Por eso el cerrado dogmatismo político del que hacen gala ciertos sectores, de los dos grupos en contienda electoral, calificando al adversario no solo de equivocados sino de inmorales, revela cuan débil e inmadura es aún nuestra democracia. Tales posturas son inaceptables, pues en el fondo olvidan que en el núcleo de la tolerancia anida la dignidad de la persona que no se pierde ni siquiera en el error. Exigir a toda costa que se piense como uno es un acto de intolerancia, es pretender arrebatar el derecho a la propia opinión, a la propia decisión; es en el fondo el rechazo al otro, al valor del pluralismo; es olvidar que el Estado de Derecho se sustenta en la convivencia de los diferentes, de quienes son distintos pero que se esfuerzan en encontrar lo que los une, lo que los iguala.

En la actual elección cada parte pareciera decirnos que la otra representa el mal absoluto, lo radicalmente equivocado, al punto que si optamos por una de ellas también somos parte de ese mal. Se trata de una visión y posición intolerante y, por tanto, en el fondo, antidemocrática. Olvida esta postura que en todo acto de intolerancia se agazapa el temor y la debilidad, la inseguridad de lo que realmente creemos.

Si alguien cree auténtica y realmente en la democracia es porque está radicalmente convencido en el respeto y la protección de los derechos fundamentales; y el primero de ellos, dado que como decía Sartre estamos condenados a ser libres, es el derecho a elegir.

Artículo publicado en el Diario “El Comercio”. 2001-06-01.

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