Indignados: el malestar de la ciudadanía


Como dice Tony Judt, en su estupendo libro “Algo va mal”, hay algo profundamente errado en la forma en que vivimos hoy.  Sabemos el precio de las cosas pero no tenemos idea de lo que nos está costando, sobre todo lo que le costará a la próxima generación. El beneficio material como único sentido de la sociedad nos está conduciendo al abismo. El espejismo del crecimiento sin límite, “el culto acrítico del mercado” está destruyendo al propio mercado, porque no hay peor enemigo de este que el mercado sin límites, sin derechos; y muy pronto veremos a las grandes empresas volviendo a recurrir al Estado para que las salve a un costo que implicará aniquilar el futuro de millones de jóvenes.

El movimiento de “los indignados” que ha surgido en España no ha tardado en globalizarse, y sin duda pronto arribará a América Latina, las protestas educativas en Chile son ya un anuncio. Los indignados constituyen un movimiento contra esta forma de vida que nos impone el mercado, una negativa a aceptar las “leyes económicas como leyes naturales”, a creer que no hay alternativa, que no hay salida. No es este un movimiento de izquierda y menos aun de derecha, es un movimiento esencialmente rebelde, de protesta contra las élites políticas y financieras, contra su falta de imaginación, contra su conveniente resignación. Aunque se les acuse de románticos, de que no tienen una propuesta o repuesta alternativa ya definida, sí tienen muy claro que las cosas no pueden seguir así.

Pero si aún no tienen planteamientos programáticos alternativos, la frase “No estamos contra el sistema, el sistema está contra nosotros”, revela que en el fondo no son radicales pero sí inconformes, rebeldes y que es claro su parentesco con el manifiesto “Indignados” del veterano Sthéphane Hessel, francés del que han tomado el nombre y la actitud, quien afirma que el utilitarismo, el individualismo extremo nos ha colocado en el más grave de los riesgos: “poner fin a la aventura humana”.

Esta protesta, liderada por  “jóvenes de todas las edades”  – veinteañeros y sesentones -, revela sin ambages su angustia por el futuro, ya ni siquiera el mediato, el de la próxima generación sino el inmediato, el que nos tocará vivir a nosotros mismos. Y es que a estas alturas de la historia de la economía, ya pocos creen en la “magia del libre mercado” o en la libertad solo para hacer dinero. Para decirlo en palabras J. Stuart Mill, uno de los padres del liberalismo, “la idea de una sociedad en la que los únicos vínculos son las relaciones y sentimientos que surgen del interés económico es esencialmente repulsiva”.

Por eso rechazan esta democracia esclerótica, de formas vacías cuyas venas están tapadas por los privilegios y la corrupción. Sí, tal vez sean románticos, pero no puede negarse que contra casi todo lo que protestan tienen una amplia base real.  Y es que en verdad no se trata de seguir sosteniendo un sistema que crea riqueza a la misma velocidad que crea desigualdad, de ahí que parece que dijeran: Democracia sí, pero no democracia de y para las empresas sino de las personas.

Porque es un sistema en el que las personas pierden, pero nunca pierden los bancos, por eso indigna que cuando quiebra uno de ellos no haya reparo y menos rubor en acudir al  Estado para que los salve y recoja las pérdidas, pero sean ellos mismos quienes cuestionen la seguridad social que si bien no salva bancos sí salva vidas.

Todo esto está bien, pero los indignados necesitan también una cuota de realismo, la multiplicación de los derechos, los derechos sin límites en Estados con recursos limitados, contribuyen junto con los excesos y abusos de las empresas a la destrucción de la democracia. Sí, hay que acabar con el abuso de las empresas pero también escapar del espejismo del abuso de derechos.

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