Ciudadanía, Abogados y Cocineros



La abogacía ha perdido el rumbo y el Colegio de Abogados de Lima, que es la institución que la representa, se ha reducido a administrar asuntos puramente burocráticos y de poco beneficio para la sociedad y los abogados. Sin una clara idea de sus importantísimas responsabilidades y con una total ausencia de liderazgo en la escena de los grandes debates nacionales, ha hecho de la mediocridad y el anonimato el santo y seña de su imagen.

Es verdad que nuestra imagen como abogados en cierta medida depende del profesionalismo y de la ética en la relación con nuestros clientes; sin embargo, creer que eso es todo es una visión muy individualista. Es innegable que la actual situación de desorientación, anarquía e ineficiencia en la que se encuentra el CAL nos afecta a todos los abogados, porque no somos islas en la sociedad; por el contrario, hoy más que nunca nuestra actuación profesional está conectada con la de los demás, y nuestro comportamiento bueno o malo repercute en la sociedad y nos beneficia o nos afecta a todos, más aún si se trata de la actuación de la institución que representa a los abogados.

Si volvemos nuestra mirada al lado veremos el reverso de la moneda: el gremio de los cocineros peruanos, novísimo y sin la tradición de nuestro Colegio, genera aprecio, simpatía y orgullo en la ciudadanía. ¿Qué es lo que los abogados no estamos haciendo bien? Sin duda muchas cosas; pero la primera de ellas es que no tenemos claro que la actuación de cada abogado nos implica y que el CAL simboliza en gran parte nuestra imagen como abogados y, por tanto, no podemos permitir que esta institución siga atrapada en el desorden y la improvisación.

Las razones por las que la sociedad ve con admiración y respeto a los cocineros, no es solo que ellos lideran un boom gastronómico, basado en la difusión de nuestra cocina, en la creación de nuevos platos y la multiplicación de restaurantes; hay mucho más, en realidad ellos han logrado articular un discurso de cohesión e inclusión social. No se trata de un plato de cebiche, no se trata solo de los cocineros, sino de los mozos, de los comerciantes y, sobre todo, del agricultor y de toda la cadena que hace posible este fenómeno económico y social. No hay en su propuesta una visión mercantilista o individualista de la gastronomía, sino una auténtica propuesta social. Por eso el propio Gastón Acurio ha expresado: “No soy un político, pero mi discurso es político”, y está bien dicho, porque los griegos consideraban un idiota a quien no participaba en política, es decir, alguien que se aísla, que se reduce a su individualidad, que es incapaz de vincularse con los demás. Desde luego, no se referían a la política partidaria, sino a interesarse por lo público, a entender la inevitable condición social de la persona.

Por eso los cocineros cuando elaboran sus platos y los venden, no solo están comercializando productos gastronómicos; hoy cocina peruana no solo es una excelente experiencia de sabor, implica también un valor social que ellos han creado y sabido difundir. Entienden perfectamente que antes que cocineros son ciudadanos o, mejor dicho, han decidido ejercer su ciudadanía a través de la cocina, porque ser un auténtico ciudadano significa no solo tomar en sus manos la dirección de sus propias vidas, sino participar en el diseño de la sociedad en la que viven; “entender que actúan en y para un mundo compartido con otros y que nuestras individualidades se crean y recrean mutuamente”.

¿En qué momento los abogados perdimos el rumbo y nos olvidamos de todo esto? Hay que reconocerlo, el balance de nuestra relación con la sociedad es lamentable, largamente deficitario. No tenemos un planteamiento, una idea que cohesione y nos vincule a la sociedad, no obstante que nuestra actuación profesional está más vinculada que ninguna otra al sistema democrático y a la institucionalidad del país. En los últimos años el CAL ha estado ciego y sordo a las notificaciones de la sociedad que lo urgía por propuestas sobre temas como la reforma de justicia e iniciativas legislativas. Así, con una visión individualista del ejercicio de la profesión y con una institución debilitada y absolutamente desbrujulada como el CAL, no podemos aspirar a la aprobación ciudadana.

Pero hay muchos abogados que tenemos una visión diferente y creemos que las cosas pueden cambiar, que nuestra profesión no se reduce a resolver juicios, elaborar contratos o presentar informes: tenemos una gran responsabilidad y la debemos asumir. ¿Acaso no fue el CAL el que propuso el Código de Consumo?, la ley más importante de los últimos años y cuya aplicación beneficiará a millones de ciudadanos; ¿no fue el CAL el que propuso adelantar la aplicación del Código Procesal Penal para los delitos de corrupción?, ¿no fue el CAL el que propuso e impulsó decididamente la implementación de las notificaciones electrónicas? y hace casi dos décadas ¿no fue el CAL el que abanderó la oposición al golpe de estado de 1992?

En realidad históricamente la abogacía ha abierto espacios para el debate público que ha sido la antesala de los cambios sociales. Por ello, la abogacía tiene una larga tradición histórica que reivindicar, un desafío y una deuda social que saldar. No solo es posible, sino indispensable, que los abogados articulemos un discurso que nos vuelva a cohesionar y  nos ubique en la sociedad de una manera distinta, con una propuesta que desborde el litigio y rompa con la forma burocrática de hacer abogacía, y nos coloque liderando la reforma de la justicia y del Estado. En una frase, que decidamos ejercer nuestra ciudadanía a través de la abogacía, eso es lo que la sociedad espera de nosotros.

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