Estado, Innovación e Inclusión Social


No hay ninguna posibilidad de que el Estado en su actual condición sobreviva. La forma como se administra la cosa pública no solo es ineficiente, sino excluyente  y groseramente injusta, y lo es precisamente para los más pobres del país quienes son los que más requieren de los servicios del Estado. Si queremos cambiar esta situación el camino  no es otro que innovar, es decir, reinventar la gestión pública.

La actual situación de ineficiencia y retraso en la gestión pública es producto de décadas de improvisación y abandono, el resultado lo sufren los ciudadanos en el día a día en casi todos los servicios que presta el Estado.  En una reciente noticia  difundida por la mayoría de medios, se confirma nuestra afirmación: el Reporte de Competitividad 2012-2013, elaborado por el Foro Económico Mundial (WEF),  ubica al Perú en el puesto 117 de un total de 144 países en innovación y no lo ubica mucho mejor en institucionalidad. Esta combinación es fatal para cualquier país que busque eliminar las desigualdades. No obstante que nuestras cifras macro económicas están muy bien, la persistencia de la exclusión social revelaría que el nuestro es solo crecimiento económico.

Justamente porque el solo crecimiento económico no basta, desde hace años la ONU propuso medir la calidad de vida por su índice de desarrollo humano, que promedia tres variables vinculadas con los esfuerzos de igualdad en el país:  salud, ingreso per cápita y educación, a lo que agregaría institucionalidad y respeto al medio ambiente.

Uno de los pasos que tenemos que dar para mejorar la igualdad es innovar en el Estado, porque innovar implica mirar de manera diferente las cosas, los problemas;  este es el concepto básico: crear nuevas formas de satisfacer una necesidad social. Incluso la innovación puede llegar a ser tan radical que no solo conseguimos satisfacer una necesidad de una manera diferente con un servicio o producto distinto, sino que inventamos o reinventamos la necesidad.

Si hasta hoy, luego de más de medio siglo con un mismo formato de gestión, no hemos conseguido que el Estado sea eficiente e inclusivo, ¿qué nos hace suponer que seguir haciendo  más de lo mismo nos conducirá  a nuestro objetivo? La necesidad de innovación en el Estado es tan evidente que insulta la razón querer ocultarla. Desde hace décadas, en sus múltiples funciones, el Estado no genera valor que aprecien los ciudadanos, situación que termina afectando su legitimidad lo que a su vez le impide hacer mejor las cosas ingresando así a un círculo vicioso que lo hace cada vez más ineficiente.

En este punto conviene reparar en que si bien la innovación está asociada al cambio no es aventurerismo, es decir,  cambio  desordenado, caótico y sin objetivo, que lo único que trae es más ineficiencia. Por ello no hay que apresurarse, pues como afirma  John Kao, en toda institución para innovar hay que liderar dos organizaciones a la vez, la de hoy y la de mañana. Más aun cuando se trata de instituciones estatales que brindan servicios públicos, que a menudo están vinculados con derechos fundamentales y por eso mismo no se pueden afectar.

Mientras no miremos de manera distinta la gestión pública, las cosas no cambiarán. Comencemos por reconocer que tenemos un enorme déficit de innovación en la gestión pública, que hay una casi total falta de cultura de innovación en las distintas instancias del aparato estatal. Que como consecuencia de esto hay una clara ausencia de políticas de innovación, pero también reconozcamos que este déficit no es solo responsabilidad del Estado, pues la situación no es mucho mejor en el sector privado, basta una rápida mirada a las empresas y a las universidades para comprobarlo. Tal vez el primer paso concreto que deberíamos dar es comprometernos a elaborar un Informe Anual del Estado de la Innovación en el Perú, que en base a ciertos indicadores nos permita saber dónde estamos realmente, y qué medidas debiéramos tomar.

Una consideración final, innovación no siempre significa grandes cambios, muchas veces son decisiones al alcance de funcionarios que no necesariamente se ubican en el vértice de la pirámide estatal. Les pongo un ejemplo, ¿han visto ustedes que en la mayoría de hospitales del Estado las historias clínicas se siguen llevando en hojas de papel, como hace más de medio siglo? Cuánto tiempo y dinero, pero más importante aún, cuántas vidas podrían ahorrarse, si adoptamos la historia clínica digital, como ya se hace en países de economías más pequeñas que la nuestra. Este no es un cambio extraordinario, pero su implementación si podría impactar extraordinariamente en el servicio de salud.

El déficit de innovación en el Estado revela nuestra falta de visión de futuro y nos presenta como una colectividad conformista, pero sobre todo injusta.  No hay nada más arbitrario y excluyente que el retraso y la ineficiencia en las responsabilidades del Estado. Si queremos ser protagonistas de un gran cambio, comprometámonos con la innovación, porque la única revolución admisible en nuestro tiempo es la de la innovación.

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