El Homo Digitalis


En el mundo digital la masa no se crea ni se destruye solo se transforma en más masa. ¿Qué está sucediendo? ¿Acaso la era digital está creando una gigantesca masa de sonámbulos, solitarios y deshabitados?

Leer es una creación, una invención humana. Somos el único animal que lee y aparentemente  hoy leemos más que nunca.  ¿Se ha preguntado cuánto tiempo pasan las personas, en especial los más jóvenes, “leyendo” en Internet?  Leen en las webs,  en el Facebook, leen los tweets, sus mensajes en el smartphone. Sí, parece inevitable, leer será cada vez una actividad más vinculada a la tecnología. Pero, ¿realmente están leyendo o simplemente están mirando?

Es casi de una inmediata evidencia que la tecnología está cambiando lo que entendíamos por lectura, y este cambio a su turno tendrá implicancias importantísimas en los adictos al ciberespacio. Las nuevas tecnologías no solo son un medio tecnológico de información, se han convertido en un medio de transformación que está produciendo un nuevo ser humano: el Homo Digitalis.

Leer en la web es muy diferente que leer un libro. Como sostiene Carr, “La red atrae nuestra atención solo para dispersarla. Nos centramos intensamente en el medio, en la pantalla, pero nos distrae el fuego graneado de mensajes y estímulos que compiten entre sí para atraer nuestra atención”.

Del mismo modo que leer no es un acto natural, el estado de atención, el estar concentrado, no lo es. El estado natural de nuestro cerebro es estar distraído. Las grandes obras literarias consiguieron el prodigio de atrapar y desarrollar nuestra atención y con ello  acrecentar nuestra capacidad de abstracción. La web por el contrario estimula lo rápido, lo fugaz, nos distrae, crea una suerte de hiperatención, que es algo así como la  “atención” de varias cosas a un mismo tiempo, pero de ninguna en realidad; mientras que cuando abrimos  un libro nos aislamos de  todo porque no hay nada más que el mundo que hay en él. Por el contrario, cuando estamos frente a una computadora nos llegan cientos de mensajes, de interrupciones constantes. Difícilmente hoy la lectura en el entorno digital, acechados de información chatarra, podría conseguir desarrollar nuestra capacidad de abstracción. Basta echar un vistazo en la web  para confirmarlo.

Así, en nuestra época la atención tiende a ser más frágil, más fugaz, más volátil, los ciber lectores prefieren los textos más cortos, sencillos, lineales, menos complejos. Hay una marcada tendencia a la superficialidad del leer y una “aversión” a lecturas más profundas. A esas lecturas que nos  llevan a significados más complejos, a preguntas sin respuesta, a callejones sin salidas, a cuestionarnos incluso a nosotros mismos. ¿Es el fin de la “lectura crítica”? Esa que nos permite leer aquello que no aparece directamente en el texto, sea porque el autor solo lo quiso insinuar o porque esta clase de lectura completa lo escrito por el autor, porque nos lleva más allá de lo expresado y nos hace descubrir incluso lo callado.

Esa lectura que desarrolla nuestra vida interior, que nos lleva no solo a otros mundos, sino también nos permite a su vez entender la interioridad de los demás y, por tanto, tener relaciones más empáticas, más profundas.

Es esta clase de lectura la que, en gran medida, ha desarrollado nuestra capacidad de aislarnos y abstraernos, de concentrarnos y reflexionar; en suma, de ser lo que hoy somos.

Tal vez esté exagerando, pero creo que no es poco lo que está en juego, es el riesgo de empobrecer el pensamiento simbólico que ha estimulado por siglos nuestros sentimientos y el pensamiento creativo. Es el riesgo de alejarnos del pensamiento reflexivo, de convertirnos en seres eficientes procesando información pero incapaces de analizarla. Todo lo cual no solo nos “deshumaniza sino que nos uniformiza”, y va creando seres con una especie de vida que solo es forma y superficie, despojados de libre albedrío y real voluntad.

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