La Nueva Clase Media



A contramano de lo que muchos creen, pronto se dará en el Perú una rebelión contra las élites políticas y económicas. Cualquier hecho, un nuevo destape de corrupción, un proyecto de ley oportunista, un grosero abuso en el mercado, una injusticia más cometida por el Estado encenderá la calle y un nuevo actor aparecerá en las plazas. No serán los marginados y menos la “clase proletaria”, porque esta como clase es casi inexistente. La verdadera causa del desborde no será el aparente hecho que lo provoque, sino algo más profundo, algo nuevo que ha traído el modelo económico, la globalización y la tecnología de la información: una nueva clase media,  su malestar e inconformidad con el sistema.

En un reciente informe del BID (Banco Interamericano de Desarrollo), se afirma que la clase media en el  Perú llega al 70% de la población. Esto desde luego no es cierto, es una exageración, producto de la miopía o el entusiasmo de instituciones vinculadas a  élites económicas y políticas, que  partiendo de una cuestionable metodología, basada en el ingreso, llegan a esta extravagante cifra, sin advertir “convenientemente” que el ingreso en nuestro país es meramente circunstancial, y concluyen que cada vez hay menos pobres y más clase media. Lo cierto es que gran parte de ese porcentaje que hoy se ubica en la clase media, en realidad está en la frontera de la pobreza y el solo hecho, por ejemplo, de perder el trabajo lo regresará a ella.

Con todo, no puede dejar de reconocerse que el crecimiento de la clase media en los últimos 15 años ha sido enorme. Una visión más realista sostiene que el porcentaje en ningún caso es menor al 40% de nuestra población, igual se trata de 12 millones de ciudadanos. Pero algo más importante aún, al margen de las metodologías, quienes todavía no son de clase media quieren serlo y se encaminan hacia ella. Esta tendencia de crecimiento se confirma con el informe Global  Tradens, publicado por el Instituto de Estudios de Seguridad de la UE que afirma que en el mundo la clase media llega a los 2 mil millones y para el 2020  llegará a 3.2 mil millones.

Esta nueva clase media, cualitativamente más lúcida y numéricamente más poderosa, será -o mejor dicho- ya es un nuevo actor en la escena política y en el mercado. Reclamará más transparencia, más eficiencia, más participación, tanto en el gobierno como en las operaciones económicas. No renegará radicalmente del sistema democrático ni de la economía de mercado, pues cree en sus reglas y  principios, pero rechaza el carácter nominal de ambos, recusan lo que los políticos y los empresarios han hecho del sistema: un remedo de democracia, una caricatura de economía de mercado, que solo sirven para que los políticos se llenen los bolsillos y vivan sin trabajar, y la mayoría de grandes empresas incremente industrialmente su dinero mediante el abuso.

Por eso los jóvenes de esta nueva clase media no se tragan el cuento del “milagro peruano” y menos aún que lo logrado sea solo producto de las grandes inversiones. Por el contrario, ellos reclaman su lugar, que se reconozca que ellos han sido la base, el motor del capitalismo nacional. Saben que el crecimiento económico del que tanto se jactan los políticos y los grandes empresarios, es en realidad producto de su esfuerzo y emprendimiento, de su trabajo y de su consumo, y no solo de las inversiones y las buenas políticas económicas. No están conformes ni con el Estado, ni cómo funciona el mercado. No solo rechazan la ineficiencia y corrupción del Estado y de la clase política, sino también los abusos de los oligopolios bancarios y comerciales.

Pero no se engañen, el hecho que no sean radicales no implica que sean menos fuertes y contundentes. El horizonte de sus expectativas es mucho mayor y más difícil de satisfacer. Será una clase media que exigirá más participación pública, una mayor cobertura y calidad de los servicios públicos –en manos del Estado o de los particulares-. Educación, salud y justicia estarán primeros en la lista.

No obstante la sombra que proyectan los hechos que están por venir, las clases dirigentes siguen en el error. Los políticos ven a esta nueva clase media como simples electores que pueden seguir embaucando, no los perciben como verdaderos ciudadanos; por su lado, la mayoría de grandes empresarios los miran como una gran cifra, como más bolsillos de donde sacar dinero, si es engañándolos mejor. Se equivocan, cometen un grave error,  esta nueva clase pronto  ajustará cuentas, no le interesará solo lo que pasa en el mercado porque entiende que no podrá solucionar sus abusos sin reformar el sistema político, lo que implicará crear una nueva relación entre gobernantes y gobernados,  entre consumidores y empresarios.

Ellos entienden que la actual clase política y su forma de actuar es caduca e inoperante. De allí que, la rebelión de la clase media será contra la ineficiencia y corrupción, así como contra la creciente desigualdad que genera el sistema. Los desbordes que se avecinan estarán animados y cohesionados por las redes sociales. Serán rebeliones, no revoluciones; quieren un cambio, no quieren destruir el sistema. Pero son movimientos suficientemente contundentes como para derrocar un régimen, Egipto es el ejemplo. Hay quienes han afirmado que esto no pasará en el Perú por la ausencia de liderazgo y por lo fragmentado del país; nuevamente se engañan. En todos los lugares donde sucedió existió la misma miopía, estos movimientos no necesitan liderazgo ni estructuras, porque no buscan crear movimientos políticos estables o partidos, solo buscan la eficiencia del sistema; es la expresión de lo que Zygmunt Bauman llamaría la política líquida. Son las primeras muestras de lo que en el futuro será la política, una combinación de protesta digital con desborde en las calles.

¿Se puede evitar que estas protestas surjan en el Perú? La respuesta es evidente, no hay forma de evitarlo, pero sí de adecuar la política y el modelo económico. Esto se logra no tapándose los ojos como lo están haciendo muchos políticos y empresarios. Lo que hay que evitar es que este desborde llegue a extremos que empuje al gobierno a caer en una tentación autoritaria o destruir completamente el modelo económico. Sí, tenemos una pequeña, pero aún clara posibilidad de salir bien de esto, así lo señalan los propios lemas usados en otros lugares: “No estamos contra el sistema, el sistema está contra nosotros”.

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