La crisis y el peligro de los políticos


En el Perú desde el vértice del poder político se anuncia que la crisis mundial nos tocará  pero que nuestra economía es “robusta”  y “estamos preparados”. Por su lado, nuestros políticos se fatigan en mutuas denuncias de ineficiencia y corrupción,  pero se revelan incapaces de construir una agenda común o hallar puntos de encuentro que nos permita enfrentar los tiempos difíciles que están por venir.  Mientras esto sucede, en el norte del continente los políticos mexicanos han logrado dejar sus diferencias de lado y han aprobado el Plan México, pero algo más importante aún, lo han echado a andar.

El propio Presidente Peña Nieto ha destinado gran parte de su tiempo a discutir con la oposición los temas nacionales más importantes. Fue un claro y calculado mensaje, enderezado a generar confianza política para mostrar al país y a los inversionistas  que los políticos eran capaces de dialogar y ponerse de acuerdo, luego de quince años de luchas internas.

El Pacto por México es un acuerdo político aprobado casi inmediatamente después que  Peña Nieto asumiera el poder, firmado por las principales fuerzas políticas. No se trata de un acuerdo declarativo,  de generalidades,  el pacto contiene 95 puntos concretos de políticas públicas. Desde luego, esto no quiere decir que las diferencias hayan terminado,  los suscriptores del pacto saben que son adversarios y que en la víspera de las elecciones se enfrentarán y el pacto se suspenderá, pero en el entretanto se puede avanzar.

Pero en el Perú no pareciera que estuviéramos en un mismo país, porque mientras cientos de miles de jóvenes vienen transformando la realidad y miran los obstáculos como oportunidades y se valen de la  tecnología, la innovación y el trabajo para ejercer su oficio o para sacar adelante sus empresas; en la otra acera aparece la contra cara de esta realidad: la clase política. Lo más cercano a un páramo colonizado mayoritariamente por oportunistas, donde solo se ve retraso, incompetencia, subdesarrollo y corrupción.

Son los  jóvenes y no los políticos quienes están construyendo el nuevo país que hoy tenemos pese a la crisis que se anuncia. Si el Perú crece no es por los políticos sino a pesar de ellos. Pero esto tiene un límite, hasta hoy los políticos han pretendido apropiarse de los avances del país, de los logros del crecimiento económico, pero ahora, que se anuncian las “vacas flacas”, con su irresponsabilidad están a punto de poner en riesgo todo, y con ello arrebatarle a millones de jóvenes la más clara oportunidad de tener un mejor futuro.

En realidad de eso se trata, ya no es solo el lastre que los políticos significan -que se podía “tolerar” cuando el viento del crecimiento económico mundial estaba a favor- sino que en un escenario de desaceleración económica ellos tendrán una grave tarea: hacer que el Estado funcione, generar confianza.

La evidente ineficiencia y corrupción del Estado es en gran parte producto de la política,  de la forma cómo se maneja la cosa pública, el empleo estatal, los contratos públicos, las designaciones de los altos cargos,  creyendo los políticos que se trata de su patrimonio. El problema no solo es que la ciudadanía no se reconoce en esta clase de políticos, sino que este tipo de política es altamente ineficiente y conspira contra la inversión y el crecimiento.

Cuando el Estado y la clase política son débiles el espacio de poder que dejan lo toman las burocracias, las empresas mercantilistas, el narcotráfico, la delincuencia común;  el resultado es la corrupción, la violencia, la inseguridad y la ineficiencia. El país y las circunstancias piden a gritos una clase política responsable, moderna y abierta. Carlos Fuentes en  “La silla del águila” escribió que “en política la oportunidad lo es todo”.  Tal vez ya sea tarde para que aspiremos a un Pacto por el Perú, pues el tiempo político, consenso y oportunidad de llevarlo adelante se han desaprovechado por el momento, pero con todo, aún es posible un acuerdo de puntos básicos que apunten a la eficiencia del Estado para enfrentar las dificultades que vendrán.

Es verdad que la soledad es una de las características del poder, pero nunca un gran gobierno se ha hecho en solitario, sin convocar a los demás. Decir que se va a destrabar las inversiones no pasa de ser una frase, un deseo;  afirmar que se está dispuesto a apoyar al gobierno no pasa de ser demagogía.  Lo que diferencia la verdadera decisión de la simple intención es la acción. Lo que el país les exige a los políticos de ambos lados es acción, acuerdos básicos. Si no lo hacen, habrá que pensar como Chesterton “El asunto no es que ellos no puedan ver la solución. Es que no pueden ver el problema”. Y agregar: porque ellos son el problema.

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